20110226

La gente caía en el campo de batalla. Se oían gritos desesperados junto a los cañones, que no dejaban de disparar ni medio segundo. Los muros de la ciudad estaban ya agrietados, pintados por la sangre de los arqueros, ya muertos, que en ellos se apostaban. Y entre tanta masacre, centelleantes luces se veían desde el fondo de la explanada en la que los dos ejércitos se mataban.
-¿No te parece ya suficiente? Eres un maldito sádico.
-Me gustaría dejar de lanzar rayos por los dedos. Boom, baam, y soy incapaz de dejar atrás la sensación de estar matando. Me es, incluso, gratificante. Son como pequeños insectos que se deshacen cuando los piso. Explotan con mis simples pensamientos. ¡Me hacen grande!
Así de aguda se escucha su risa asesina, como una ráfaga de viento punzante, haciendo sangrar a cualquier corazón que no sea de plomo.
-Boom, baam. Aquí ya están todos muertos.
Y mañana se repetiría la misma escena, por desgracia.

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