20110617

Caminaban, como los furtivos amantes de una novela romántica. Las calles eran estrechas, excesivamente estrechas. Era ese el origen de su belleza. Se notaba la falta de planificación existente en el primer crecimiento que sufrió la ciudad. Calles que se cortaban las unas a las otras, que se cerraban, que se abrían, que se retorcían hasta llevar al límite lo que un camino puede ser. Nunca podías seguir una vía recta hasta ningún punto. No existían las vías rectas. Prácticamente, siguiendo la misma callejuela de cada día, llegabas en cada recorrido a un lugar diferente.

No sabía si amaba más a la mano que iba agarrada de la suya o a los edificios, tan góticos, renacentistas y barrocos, que se erguían en el centro de la enorme metrópolis. ¿Como decidir si amar más la traición humana o la inutilidad arquitectónica? Cada cual más inerte y frívola que la anterior, empezando por ambas. Era la encrucijada de aquel ser que solo veía realizada su existencia en los tonos terrosos, los únicos que utilizaba en sus cuadros. Podía pintar horas, días, semanas o vidas enteras, y los únicos colores que en todo ese tiempo utilizaría serían los otoñales. La gama del ocre que, sin duda, era la marca de su amargura.

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