20110918

Desarraigo, oigo susurrar a la Marea,
cubierta de polvo y finas telas de seda.

Mueve con su bravo y fiero movimiento
el amasijo que es mi barco y corazón,
con rumbo a ningún lugar, ni destino,
teniendo por brújula el desconcierto.

Se mece a paso lento, constante, eterno,
hacia un hogar que nunca he conocido,
y que nunca llegaré del todo a conocer,
por estar enterrado bajo mis arenas.

La Marea, amante lujuriosa y pasional,
regala en silencio a mis oidos, una melodía,
que gana en distancia cada segundo,
y se cobra mayor fuerza con el tiempo.

Ese tiempo inerte, que nos roba siempre,
que se lleva todo aquello que le dejamos,
y no sabe que no solo queremos recuerdos,
si no que también necesitamos detenernos.

Se va, y luego viene, todo, una y otra vez más,
sin importancia alguna, en la superficie,
pero de terribles consecuencias en lo hondo,
donde se agitan convulsas, corrientes y vida.

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