20111110

Cartas al amor, a la tristeza, al rechazo. Al propio pasado y al deseo de pasearse por él. De abandonarlo, recordarlo, triturarlo y guardarlo. A la necesidad de encontrar lo que siempre ha estado perdido. Recordar, como siempre intento construir lo que ya está construido. Hacerme ver como siempre mis proyectos favoritos son los más imposibles de realizar. Y eso es lo que me gusta. Las Cartas a la penumbra y a los oídos, a tus susurros, a los míos. A la capacidad de distinguir entre lo que es producto de mi mente y producto de mi fantasía. A perderme y no encontrarme sin mi, y a no querer encontrarme. A cambiar. A olvidar y después querer. Disparar y luego preguntar, o arrepentirse, o no hacerlo pero desear algo distinto para ahora. ¿A que más le podría seguir dedicando mis eternas Cartas?

La luz se convertía entonces en un latido, en un eco más de aquella persona que llegaste a ser. Pero toda época dorada se convierte en plomo con el tiempo. Y tú te convertiste en una pesada estatua con la que yo ya no podía cargar más. Lo que fueron alas blancas, eran ahora anclas oxidadas, que se hincaban en la tierra, y te hacían más difícil de llevar. No quieras comprenderme a mi o a mis motivos. Tu visión, distorsionaba todo lo demás. Aún hoy, lo haría si vinieras a llamar a mi hogar de lluvia. Y dudo que fueras conocedor de esa magia tan estúpida y maravillosa que te envolvía. De ese efecto que con el tiempo se volvió una amarga droga. No una cualquiera, pero si una más. Y no creo que supieras nada en absoluto. No creo que lo llegues a saber nunca.

Ahora, tendido sobre mi recinto, podré hablar contigo si mi mente considera el soñarte. Pero hace mucho que dejo de hacerlo, y tú ausencia ha sido mi cura y mi necesidad. No estás, y no me importa. Desde el principio, no me importó. Pero también desde el primer momento, desee que pusieras fin a la agonía de tú inexistente compañía. Conmigo, sin mí, acompañándome en la soledad que jamás interrumpirías.

No hay comentarios:

Publicar un comentario